Athanasius Kircher en su obra Ars magna lucis et umbrae hace un estudio de los fenómenos físicos de
la luz que permiten la percepción sensorial del mundo físico. Siendo un hombre
de Dios, pese a la frialdad científica de sus descubrimientos, siempre quedo en
ellos un destello de la obra divina, y las funciones mas complejas del ojo
humano estaban atribuidas a sucesos similares a milagros en que los objetos
eran reconstruidos en el ojo del observador, mas no representados.
De esta manera existe una luz física propia del mundo real,
y una luz moral propia del espacio de la mente, que busca exteriorizarse, y se
convierte en el arte.
Como mencioné, entre las representaciones con pigmentos de
nuestros antepasados mas antiguos, y las pinturas contemporáneas, no existe una
gran brecha que separe la necesidad e intención de la descripción visual de un
objeto, o un pensamiento, o un obketo como elemento simbólico de un
pensamiento, pero es en los procesos de grandes escalas y de distribución
masiva, donde la velocidad, es decir, la economía de tiempo, se ha visto
afectada por las capacidades mecánicas de los medios propios de cada época. Y eso es lo que considero importante de la
lectura de Gombrich, la velocidad, muy en liga con los estudios de los no
lugares y las auras benjaminianas, se trata de la capacidad de convencimiento
de un espacio irreal que es cada vez, mas fácil de producir, y en la mente del
espectador, de poseer.
Hasta llegar a los excesos mas permisibles por su propuesta visual, no encasillada en la hiperrealidad, sino en la autoreferencia del estilo pasado.
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