miércoles, 22 de febrero de 2012


De la luz a la pintura

Miramos al objeto con una mirada fija, luego a la paleta, y en tercer lugar a la tela… Se le ha transformado de luz a pintura.
Ernest Gombrich.

En la actividad del artista los elementos de trabajo descritos por Gombrich le son útiles para establecer vínculos entre su realidad física inmediata y su materia sensible. De igual manera, en todo ser humano se establece este mismo lazo con el entorno; al inicio somos seres vivos con un lienzo infinito y oscuro, donde la curiosa percepción traza improntas de luz que nos llevan a dibujar –mediante la experiencia– nuestra realidad. Pasamos pues, a ser una película sensible a los estímulos, un gran bastidor continente de vestigios, de experiencias: de memorias.
    Si bien, nos convertimos de una masa obscura a reconocedores de la luz, es porque en gran medida hemos aprendido a seleccionar y destacar de un fondo el haz que contrasta con nuestra realidad, el cual nos proporciona la vitalidad para el cambio. No somos fieles a lo natural sino a un proceso metamórfico en busca de experiencias. Somos una arborescencia producto de la resistencia entre trazos de claridad y ceguera, una ilusión del pasado y del ahora, un registro de vida, de inteligencia perceptual: somos una pintura que se ha interpretado por medio de la luz.

La verdad y el estereotipo

El retrato correcto… No es una anotación fiel de una experiencia visual, sino la fiel construcción de un modelo de relaciones.
Ernest Gombrich

Nuestra memoria vista como un conjunto de lienzos de acetato, producto de las impresiones juego de luz y obscuridad, representa la verdad por la cual entendemos y reaccionamos al entorno. En lo cotidiano, con la intención de construir dicho concepto accedemos a este archivo mnemotécnico y desplegándole como a un acordeón –que yuxtapone en una sola escena distintas verdades–, modificamos y adherimos nuevas estructuras. Como resultado, lo experimentado se convierte en un lienzo nuevo.
     La verdad no es estática ni totalizadora, es sólido que se evapora, que se adapta para que podamos sobrevivir. Su cambio habla de las relaciones con lo inmediato, de apertura, de reconocer que su proceso es equiparable al lento crepúsculo de la experiencia perceptual, el cual no culmina sino se transforma.

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