De la luz a la
pintura
Miramos al objeto con una mirada fija, luego a la paleta, y en tercer
lugar a la tela… Se le ha transformado de luz a pintura.
Ernest Gombrich.
En la actividad del artista los elementos de trabajo
descritos por Gombrich le son útiles para establecer vínculos entre su realidad
física inmediata y su materia sensible. De igual manera, en todo ser humano se
establece este mismo lazo con el entorno; al inicio somos seres vivos con un lienzo infinito y oscuro, donde la curiosa percepción traza improntas de luz que nos llevan a dibujar –mediante la
experiencia– nuestra realidad. Pasamos pues, a ser una película sensible a los
estímulos, un gran bastidor continente de vestigios, de experiencias: de
memorias.
Si bien, nos convertimos de una masa obscura a reconocedores
de la luz, es porque en gran medida hemos aprendido a seleccionar y destacar de
un fondo el haz que contrasta con nuestra realidad, el cual nos proporciona la
vitalidad para el cambio. No somos fieles a lo natural sino a un proceso
metamórfico en busca de experiencias. Somos una arborescencia producto de la
resistencia entre trazos de claridad y ceguera, una ilusión del pasado y del
ahora, un registro de vida, de inteligencia perceptual: somos una pintura que se
ha interpretado por medio de la luz.
La verdad y el
estereotipo
El retrato correcto… No es una anotación fiel de una experiencia
visual, sino la fiel construcción de un modelo de relaciones.
Ernest Gombrich
Nuestra memoria vista como un
conjunto de lienzos de acetato, producto de las impresiones juego de luz y
obscuridad, representa la verdad por
la cual entendemos y reaccionamos al entorno. En lo cotidiano, con la intención
de construir dicho concepto accedemos a este archivo mnemotécnico y desplegándole
como a un acordeón –que yuxtapone en una sola escena distintas verdades–, modificamos y adherimos nuevas
estructuras. Como resultado, lo experimentado se convierte en un lienzo nuevo.
La verdad no es estática ni
totalizadora, es sólido que se evapora, que se adapta para que podamos
sobrevivir. Su cambio habla de las relaciones con lo inmediato, de apertura, de
reconocer que su proceso es equiparable al lento
crepúsculo de la experiencia perceptual, el cual no culmina sino se
transforma.
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